Fría y plana

Jane Eyre.
Teatre Lliure de Gràcia.  10 de març de 2017.

Jane Eyre

Después de Només són dones (Solo son mujeres) y Esplendor, Carme Portaceli vuelve a tratar el universo de la lucha femenina adaptando al teatro la novela más popular de Charlotte Brontë. Esta vez, estamos ante la historia de una mujer del siglo XIX que desafía la sociedad patriarcal establecida. Con un fuerte carácter y una sinceridad directa y sin filtros, Jane Eyre defiende sus principios y su libertad por encima de todos los obstáculos y dificultades que acarrea.

La adaptación cuenta la vida de esta luchadora desde su niñez hasta su madureu y peca de tener un claro posicionamiento en favor de ella. El montaje propicia que desde el primer momento nos pongamos a favor de la protagonista por su valentía y su pobre y marginada condición y que automáticamente sintamos una animadversión hacia sus enemigos.

Ariadna Gil ofrece una interpretación un tanto sobrepasada, de excesivo y constante nerviosismo. A su lado, Abel Folk se encuentra cómodo en el perfecto, educado e inteligente caballero Rochester. El resto de actores interpretan cada uno diversos personajes secundarios a los que Portaceli dota de características bastante pobres, sobretodo en la niñez y adolescencia de Jane. Desde las mujeres ricas, caprichosas y consentidas (la niña que vive con Rochester, la pretendiente del mismo y su madre) hasta las más cascarrabias (la tía política de Jane), lo cierto es que falta profundidad.

El personaje más interesante es sin duda Berta/Antoniette, esta Juana La Loca a la que Portaceli dota de una voz que no tiene en la novela original. Encarnada con pasión y energía por Gabriela Flores, el papel desestabiliza a Rochester dándole las sombras que necesita, haciéndole así menos héroe y más humano.

La escenografía, sin estridencias, es de un blanco aséptico y de una atemporalidad eficiente. Las proyecciones audiovisuales ilustran los distintos escenarios naturales sin lograr una excesiva belleza o impresión. El montaje cuenta con música en directo creada e interpretada por Clara Peya al piano–quien se alterna con Laia Vallés– y Alba Haro al violonchelo. Y no solo música, también muchos efectos sonoros vienen de sus instrumentos con un notable resultado pese a que en algún momento se abuse del recurso.

En conjunto, la Jane Eyre de Portaceli es una propuesta sobria, con ritmo rápido, movimientos con una pizca de coreografía y tensión ligeramente mantenida, pero a la que le falta humanidad. Un montaje frío de una historia bastante simple que, en la opinión de esta humilde servidora, no logra llegar al alma.

Alba Cuenca

Puedes leer la fuente original de la crítica aquí.

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